Hace una semana, más o menos, hablando en clase de las críticas que Erasmo hacía al clero y a la Iglesia (y luego Lutero y Calvino) vimos cómo destacaba que en vez de vivirla de forma íntima y profunda, la vivencia religiosa se había convertido en una especie de espectáculo, llena de supersticiones (falsas creencias populares con las que atemorizar a los más ignorantes, culto a las reliquias...) y de espectacularidad (el lujo, las procesiones...). Se estaba alejando la religión de la auténtica vivencia profunda y personal para primar lo externo y que aparece de cara al público. Recuerdo que comentamos, por ejemplo, cómo puede ser que algo de eso se conserve en las procesiones de Semana Santa.
Alguien, entonces, habló de que, en ese caso, lo mismo se podrían criticar las fiestas (supongo que se refería a fiestas tradicionales). Eso me ha recordado un texto de Octavio Paz que leímos el curso pasado sobre el valor simbólico y profundo de las fiestas, que en cierto modo se ha perdido (al menos, no somos conscientes de él, aunque se conserven como ritual -por ejemplo, en fin de año). Es decir, que la fiesta también tiene un sentido profundo que se ha ido perdiendo y ahora se mantiene con otro sentido. La cuestión es: ¿es ese el sentido de una celebración religiosa? ¿Tiene que tener el sentido que le damos a una fiesta: alegría, despreocupación, caos? No digo que haya que ocultarse, pero creo que lo que se quiso decir es que si las celebraciones religiosas se convierten en lo que se entiende por fiesta, en un "circo" o espectáculo, pierden el valor de trascendencia religiosa que se les supone. Lo curioso es que la propia Iglesia se ha aprovechado de eso a menudo.
Y ahora doy un paso más: ¿no hay la sensación de que hoy en día todo tiene que ser público? Todo tiene que tener su repercusión inmediata y convertirse en un "espectáculo", como si hubiera una especie de "horror vacui" (miedo al vacío). ¡¡Y nadie se sorprende!! No es que tengamos que ir escondiéndonos de nada, pero tampoco creo necesario que en cuanto alguien discute con su novio, está triste, está alegre o cambia de peinado se merezca un titular. En el terreno individual, sería un post en una red social o un twit; en el terreno colectivo, serían horas de debate televisivo. Así, el concepto de noticia se devalúa. Y ¿qué valor se le da a la intimidad? ¿Afecta eso a la vivencia que se hace pública? ¿Se devalúa también?

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